{"id":464,"date":"2018-07-23T01:24:32","date_gmt":"2018-07-23T01:24:32","guid":{"rendered":"http:\/\/contintaroja.cl\/?p=464"},"modified":"2018-08-14T00:26:09","modified_gmt":"2018-08-14T00:26:09","slug":"la-fatiga-del-metal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/contintaroja.cl\/?p=464","title":{"rendered":"Ejemplos de fragmentos descriptivos en un texto period\u00edstico"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: justify;\"><strong>LA FATIGA DEL METAL<\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez en el diario \u201cEl Pa\u00eds \u201cde Espa\u00f1a<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lo primero que llama la atenci\u00f3n de William Jefferson Clinton es su estatura: un metro con ochenta y siete cent\u00edmetros. Lo segundo es un poder de seducci\u00f3n que infunde desde el primer saludo una confianza de viejo conocido. Lo tercero es el fulgor de su inteligencia, que permite hablarle de cualquier asunto, por espinoso que sea, siempre que se le sepa plantear. Sin embargo, alguien que no lo quiere me previno: \u00abLo peligroso de esas virtudes es que Clinton las usa para que crean que nada le interesa tanto como lo que uno le dice\u00bb En primera persona<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\"><!--more--><\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Lo conoc\u00ed en una cena que el escritor William Styron ofreci\u00f3 en su casa veraniega de Marta&#8217;s Vineyard en agosto de 1995. Clinton hab\u00eda dicho en la primera campa\u00f1a presidencial que su libro favorito era\u00a0<em>Cien a\u00f1os de soledad<\/em>. Yo dije y se public\u00f3 en su momento que aquella frase me parec\u00eda una simple carnada para el electorado latino. \u00c9l no lo pas\u00f3 por alto: lo primero que me dijo despu\u00e9s de saludarme en Marta&#8217;s Vineyard fue que su declaraci\u00f3n hab\u00eda sido sincera.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Carlos Fuentes y yo tenemos razones para pensar que aquella noche vivimos un buen cap\u00edtulo de nuestras memorias. Clinton nos desarm\u00f3 desde el principio con el inter\u00e9s, el respeto y el sentido del humor con que trat\u00f3 cada una de nuestras palabras como si fueran oro en polvo. Su talante correspond\u00eda a su aspecto. Ten\u00eda el cabello cortado como un cepillo, la piel curtida y la salud casi insolente de un marinero en tierra, y llevaba una sudadera pueril con un crucigrama estampado en el pecho. Era, a sus cuarenta y nueve a\u00f1os, un sobreviviente glorioso de la generaci\u00f3n del 68, que hab\u00eda fumado marihuana, cantaba de memoria a los Beatles y protestaba en las calles contra la guerra de Vietnam.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La cena empez\u00f3 a las ocho y termin\u00f3 a la media noche, con unos catorce invitados a la mesa, pero la conversaci\u00f3n se redujo poco a poco a una suerte de torneo literario entre el presidente y los tres escritores. El primer tema fue la inminente reuni\u00f3n de la Cumbre de las Am\u00e9ricas. Clinton quer\u00eda que fuera en Miami, como lo fue en realidad. Carlos Fuentes pensaba que Nueva Orleans o Los Angeles ten\u00edan m\u00e1s cr\u00e9ditos hist\u00f3ricos, y \u00e9l y yo los defendimos a fondo, hasta que se vio claro que el presidente no cambiar\u00eda de idea porque contaba con Miami para la reelecci\u00f3n. \u00abOlv\u00eddese de los votos, se\u00f1or presidente\u00bb, le dijo Carlos Fuentes. \u00abPierda la Florida y g\u00e1nese la historia\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La frase marc\u00f3 el tono. Cuando hablamos del narcotr\u00e1fico el presidente oy\u00f3 mi opini\u00f3n con o\u00eddos ben\u00e9volos: \u00abLos treinta millones de drogadictos de los Estados Unidos demuestran que las mafias norteamericanas son muchos m\u00e1s poderosas que las de Colombia y mucho m\u00e1s corruptas sus autoridades\u00bb. Cuando le habl\u00e9 de las relaciones con Cuba pareci\u00f3 a\u00fan m\u00e1s receptivo: \u00abSi Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara no quedar\u00eda ning\u00fan problema pendiente\u00bb. Cuando hicimos un repaso espectral de Am\u00e9rica Latina supimos que su inter\u00e9s era mucho mayor de lo que supon\u00edamos pero le faltaban datos esenciales. Cuando la charla amenaz\u00f3 con volverse demasiado formal le preguntamos por su pel\u00edcula favorita y contest\u00f3 que era\u00a0<em>High Noon (Solo ante el peligro)<\/em>, de Fred Zinnemann, a quien hab\u00eda condecorado d\u00edas antes en Londres. Cuando le preguntamos qu\u00e9 estaba leyendo lanz\u00f3 un suspiro de alivio y mencion\u00f3 un libro sobre las guerras econ\u00f3micas del futuro, cuyo t\u00edtulo y autor no reconoc\u00ed. \u00abMejor lea el Quijote\u00bb, le dije. \u00abAhi est\u00e1 todo\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La verdad es que ese libro \u00fanico no se lee tanto como se dice, pero muy pocos admiten que no lo han le\u00eddo. Clinton demostr\u00f3 con dos o tres frases que lo conoc\u00eda muy bien. Entusiasmado, nos pregunt\u00f3 por nuestros libros preferidos. Styron le contest\u00f3 que el suyo era\u00a0<em>Huckleberry Finn<\/em>\u00a0de Mark Twain. Yo hubiera escogido\u00a0<em>Edipo rey<\/em>\u00a0de S\u00f3focles, que es mi libro de cabecera desde los veinte a\u00f1os, pero prefer\u00ed\u00a0<em>El Conde de Montecristo<\/em>, s\u00f3lo por razones t\u00e9cnicas que me cost\u00f3 mucho explicar. Clinton dijo que el suyo eran las\u00a0<em>Meditaciones<\/em>\u00a0de Marco Aurelio, y Carlos Fuentes no vacil\u00f3 por\u00a0<em>Absal\u00f3n Absal\u00f3n<\/em>, sin duda alguna la novela estelar de William Faulkner, aunque otros preferimos\u00a0<em>Luz de agosto<\/em>\u00a0por gustos personales. Clinton, como homenaje a Faulkner, se puso entonces de pie y con largas zancadas alrededor de la mesa recit\u00f3 de memoria el mon\u00f3logo de Benji, que son las p\u00e1ginas m\u00e1s asombrosas pero tambi\u00e9n las m\u00e1s herm\u00e9ticas de\u00a0<em>El sonido y la furia<\/em>. Faulkner nos llev\u00f3 a preguntarnos una vez m\u00e1s sobre las afinidades entre los escritores del Caribe y la pl\u00e9yade de grandes novelistas del sur de los Estados Unidos. Nos parecieron m\u00e1s que l\u00f3gicas, si tom\u00e1bamos en cuenta que el Caribe no es en realidad un \u00e1rea geogr\u00e1fica, circunscrita al mar, sino un espacio hist\u00f3rico y cultural mucho m\u00e1s vasto, que abarca desde el norte del Brasil hasta la cuenca del Misisip\u00ed. Mark Twain, William Faulkner, John Steinbeck, y tantos otros, ser\u00edan entonces tan caribes por derecho propio como Jorge Amado y Derek Walcott. Clinton -nacido y formado en la sure\u00f1a Arkansas- celebr\u00f3 la ocurrencia y proclam\u00f3 con alegr\u00eda su propia filiaci\u00f3n caribe. Entonces iban a ser las doce de la noche, y tuvo que interrumpir la charla para contestar una llamada urgente de Gerry Adams, a quien autoriz\u00f3 desde aquel momento para recaudar fondos y hacer campa\u00f1a en los Estados Unidos a favor de la paz en Irlanda del Norte. \u00c9ste debi\u00f3 de ser el final hist\u00f3rico para una noche inolvidable, pero Carlos Fuentes lo llev\u00f3 m\u00e1s lejos cuando le pregunt\u00f3 al presidente a qui\u00e9nes consideraba sus enemigos. La respuesta fue inmediata y brutal: \u00abMi \u00fanico enemigo es el fundamentalismo religioso de derecha\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Dicho esto concluy\u00f3 la cena. Las otras veces que lo vi, en privado o en p\u00fablico, me dej\u00f3 la misma impresi\u00f3n que la primera: Bill Clinton era todo lo contrario de la idea que los latinoamericanos tenemos sobre los presidentes de los Estados Unidos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ahora bien: \u00bfser\u00eda justo que este raro ejemplar de la especie humana tuviera que malversar su destino hist\u00f3rico s\u00f3lo porque no encontr\u00f3 un rinc\u00f3n seguro donde hacer el amor?<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pues \u00e9se es el caso: el hombre con m\u00e1s poder sobre la tierra no ha logrado consumar sus ardores secretos por el estorbo invisible de un servicio de seguridad que sirve mejor para impedir que para proteger. No hay cortinas en las ventanas de la Oficina Oval ni un cerrojo de caridad en el ba\u00f1o reservado a las obras mayores del presidente. El florero que se ve a sus espaldas en las fotograf\u00edas de su escritorio ha sido denunciado por la prensa como un escondite de micr\u00f3fonos para consagrar en documentos de estado los misterios de las audiencias. M\u00e1s triste, sin embargo, es que el presidente s\u00f3lo quiso hacer algo que el com\u00fan de los hombres han hecho a escondidas de sus mujeres desde el principio del mundo, y la estolidez puritana no s\u00f3lo impidi\u00f3 que lo hiciera sino que le neg\u00f3 hasta el derecho de negarlo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La literatura de ficci\u00f3n la invent\u00f3 Jon\u00e1s cuando convenci\u00f3 a su mujer de que hab\u00eda vuelto a casa con tres d\u00edas de retraso porque se lo hab\u00eda tragado una ballena. Amparado en esa argucia at\u00e1vica, Clinton neg\u00f3 ante la justicia que hubiera tenido alguna relaci\u00f3n sexual con M\u00f3nica Lewinsky, y lo neg\u00f3 con la cabeza en alto, como todo infiel que se respete. A fin de cuentas, su drama personal es un asunto dom\u00e9stico entre \u00e9l y Hillary, y \u00e9sta lo ha respaldado ante el mundo con una dignidad hom\u00e9rica.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Perfecto: una cosa es mentir para enga\u00f1ar y otra bien distinta es ocultar verdades para preservar esa instancia m\u00edtica del ser humano que es su vida privada. Con todo derecho: nadie est\u00e1 obligado a declarar contra s\u00ed mismo. De haber persistido en la negativa inicial, a Clinton lo habr\u00edan procesado de todos modos -pues de eso se trataba- pero es mucho m\u00e1s digno ser perjuro en defensa del fuero interno que ser absuelto contra el amor. Por desgracia, con la misma determinaci\u00f3n con que neg\u00f3 la culpa la admiti\u00f3 m\u00e1s tarde, y sigui\u00f3 admiti\u00e9ndola por todos los medios impresos, visuales y hablados hasta la humillaci\u00f3n. Error mortal de un amante inconcluso cuya vida secreta no pasar\u00e1 a la historia por haber hecho mal el amor sino por haberlo vuelto todav\u00eda menos eterno de lo que suele ser. Lleg\u00f3 hasta el escarnio de someterse al sexo oral mientras hablaba por tel\u00e9fono con un senador. Se suplant\u00f3 a s\u00ed mismo con un cigarro fr\u00edgido. Apel\u00f3 a toda clase de artificios elusivos para burlar a natura, pero cuanto m\u00e1s lo intentaba m\u00e1s motivos contra \u00e9l encontraban sus inquisidores, pues el puritanismo es un vicio insaciable que se alimenta de su propia mierda. Ha sido una vasta y siniestra confabulaci\u00f3n de fan\u00e1ticos para la destrucci\u00f3n personal de un adversario pol\u00edtico cuya grandeza no pod\u00edan soportar. Y el m\u00e9todo fue la utilizaci\u00f3n criminal de la justicia por un fiscal fundamentalista llamado Kenneth Starr, cuyos interrogatorios encarnizados y salaces parec\u00edan excitarlos hasta el orgasmo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El Bill Clinton que encontramos hace cuatro meses en la cena de gala que ofreci\u00f3 al presidente Andr\u00e9s Pastrana en la Casa Blanca, era un hombre distinto. Ya no era el universitario desprejuiciado de Marta&#8217;s Vineyard, sino un convicto enflaquecido e incierto, que no lograba disimular con una sonrisa profesional el mismo cansancio org\u00e1nico que destruye a los aviones: la fatiga del metal.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">D\u00edas antes, en una cena de periodistas con la se\u00f1ora Katherine Graham, la dama de oro del\u00a0<em>Washington Post<\/em>, alguien hab\u00eda dicho que a juzgar por el juicio de Clinton los Estados Unidos segu\u00edan siendo el pa\u00eds de Nathaniel Hawthorne. Aquella noche en la Casa Blanca lo entend\u00ed en carne viva. Se refer\u00edan al gran novelista norteamericano del siglo anterior, que denunci\u00f3 en su obra los horrores del fundamentalismo en la Nueva Inglaterra, donde quemaron vivas a las brujas de Salem. Su novela capital,\u00a0<em>La letra escarlata<\/em>, es el drama de Hester Pryme, una joven casada que tuvo un hijo secreto de un hombre que no era el suyo. Un Kenneth Starr de la \u00e9poca le impuso el castigo de llevar de por vida una camisa de penitente con la letra A del c\u00f3digo puritano con el color y el olor de la sangre. Un agente del orden la segu\u00eda a todas partes con un tambor batiente para que los transe\u00fantes se apartaran a su paso. El desenlace, por cierto, podr\u00eda quitarle el sue\u00f1o al fiscal Starr, pues el padre clandestino de la hija de Hester result\u00f3 ser el ministro del culto que la martiriz\u00f3 hasta la muerte.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La t\u00e9cnica y la moral del procedimiento fueron en esencia las mismas. Cuando los enemigos de Clinton no encontraron m\u00e9ritos para juzgarlo por lo que quer\u00edan, lo acosaron con interrogatorios minados hasta que lo pillaron por aqu\u00ed y por all\u00e1 en trampas secundarias. Entonces lo forzaron a acusarse en p\u00fablico a s\u00ed mismo, y a arrepentirse incluso de lo que no hab\u00eda hecho, en vivo y en directo, a trav\u00e9s de una tecnolog\u00eda de la informaci\u00f3n universal que no es m\u00e1s que la versi\u00f3n trimilenaria de los tambores persecutorios de Hester Prynne. Por las preguntas del fiscal, capciosas y concupiscentes, hasta los ni\u00f1os de pecho se enteraron de las mentiras que sus padres les contaban para que no supieran c\u00f3mo los hab\u00edan hecho. Vencido por la fatiga del metal, Clinton lleg\u00f3 hasta la locura imperdonable de castigar a sangre y fuego a un enemigo inventado a cinco mil trescientas noventa y siete millas n\u00e1uticas de la Casa Blanca, s\u00f3lo para desviar la atenci\u00f3n de su desgracia personal. Tony Morrison, Premio Nobel de Literatura y gran escritora de este siglo agonizante, lo resumi\u00f3 con una plumada genial: \u00abLo trataron como a un presidente negro\u00bb.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00a9 G.G.M.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>LA FATIGA DEL METAL Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez en el diario \u201cEl Pa\u00eds \u201cde Espa\u00f1a Lo primero que llama la atenci\u00f3n de William Jefferson Clinton es su estatura: un metro con ochenta y siete cent\u00edmetros. Lo segundo es un poder de seducci\u00f3n que infunde desde el primer saludo una confianza de viejo conocido. 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